ARTE ZEN

Art is my life.

Los dos textos que conforman estas páginas abordan el Zen y, más en concreto, el arte Zen, desde dos perspectivas diferentes. En el primero hago un análisis de aspectos esenciales de la estética zen (zen japonés y chino), asociándola con las concepciones budistas y taoístas que la sustentan. En el segundo abordo la pintura zen desde una perspectiva puramente vivencial, esto es, desde la práctica de mi propio arte.

ZEN EN EL ARTE

     Un maestro japonés  recibió un día la visita de un erudito que venía a informase acerca del zen. El maestro invitó al erudito a tomar el té y al servirle colmó hasta el borde la taza de su huésped, y entonces, en vez de detenerse, siguió vertiendo té sobre ella con toda naturalidad. El erudito contemplaba absorto la escena, hasta que al fin no pudo contenerse más y exclamó:

     -“Está ya llena hasta los topes. No siga por favor”

     -“Como esta taza” –dijo entonces el maestro- estás tú lleno de tus propias opiniones y especulaciones. ¿Cómo podría enseñarte lo que es el zen a menos que vacíes primero tu taza?”

      Al igual que el erudito del koan, la gran mayoría de los hombres y mujeres occidentales, estamos llenos a rebosar de nuestras propias opiniones y especulaciones, llenos de creencias, de fe en esto o aquello, de ideas preconcebidas, de ilusiones y, como no, también de frustraciones y deseos no realizados.

¿Qué es el zen?

      ¿Es posible en tal estado acercarse al zen, captar su esencia?

     Uno de los postulados básicos del zen, es el de la necesidad de “vaciarse”. 

     Pero vaciarse… de qué.

     Al respecto, el zen es muy claro, vaciarse de todo dualismo, de toda frontera que separa los opuestos: el bien y el mal, lo justo e injusto, lo bello y lo feo…con el fin de que pueda resplandecer de nuevo la naturaleza original del verdadero Ser.

      En uno de los textos fundacionales del budismo zen, publicado con el título de “Tratado de Bodhidharma”, texto que contiene ya en germen todo lo que posteriormente llegará a ser la tradición zen, podemos leer:

      “Buscar el nirvana eliminando las pasiones  es como buscar la sombra eliminado el cuerpo. Buscar el Buda rechazando a los seres es como buscar el eco tratando de acallar la voz. Debes saber, pues, que ilusión y despertar no son más que una sola vía, y que necedad y sabiduría no se diferencian en nada”.

     A primera vista, un texto como el que acabamos de leer no puede sino causar estupor o como mínimo sorpresa.

      ¿No es preciso entonces eliminar las pasiones con el fin de alcanzar la iluminación? ¿Ilusión y despertar constituyen una misma cosa? ¿Necedad y sabiduría no se diferencian en nada?

La visión del zen

     La visión del zen al respecto es muy sutil y profunda. Y la explicación de tan aparente contradicción  nos la ofrece el propio tratado de Bodhidharma, cuando unas páginas después nos dice:

      “Si hay algo que la mente estime, tendrá que haber necesariamente algo que desdeñe. Si hay algo que juzgue verdadero, habrá  necesariamente algo  que juzgue falso. Si aprecia una cosa, despreciará las demás. Si siente afecto por una cosa, detestará las demás”.

      Se trata por tanto de liberar la mente de cualquier deseo y apego, de preservarla libre, tanto  del deseo de convertirse en sabio o santo, como del deseo de liberación  o del temor, pues como se expresa en el texto citado “Si eres capaz de no albergar temor alguno en tu mente, todas las falsas nociones desparecerán”.

El budismo zen

     El budismo zen parte del hecho de que no somos capaces de percibir el mundo tal cual es verdaderamente y que en su lugar vivimos y percibimos una seudorrealidad engañosa, creada por medio de la mente-ego.

     La percepción dual del mundo es por tanto ilusión, ilusión procedente de la ignorancia espiritual en la que estamos inmersos.

     Sin, embargo, para el zen, el estado intrínseco de la mente, su verdadera naturaleza, es la iluminación. Y si la mente no se encuentra en tal estado es debido a que no está libre de pensamientos conceptuales recriminatorios, de engaños y de emociones negativas. Por tanto, para  alcanzar el estado de iluminación o Despertar, el estado de buidad, el zen proclama que la mente  debe estar en un estado de libertad total, en un estado de total vacuidad.

     Tal vaciamiento conlleva apartarse de todo formalismo, de todo dogmatismo, apego, creencia e influencia externa, con el fin de estar libre  de todo prejuicio y poder así volver  al estado original de la mente.

     En los sutras de “El libro de la verdadera fe” del Maestro Sosan, tercer patriarca después de Bodhidharma, podemos leer:

     “El Gran Camino no es difícil

para aquellos que no tienen preferencias.

     Cuando ambos, amor y odio, están ausentes

todo se vuelve claro y diáfano.

     Sin embargo, has la más mínima distinción,

y el cielo y la tierra se distancian infinitamente.

     Si quieres ver la verdad,

no mantengas ninguna opinión a favor o en contra.

     La lucha entre lo justo y lo falso

en nuestra conciencia,

es la enfermedad de la mente.”

      Sin embargo, los hombres  y mujeres occidentales están llenos de preferencias: “Esto me gusta, aquello no”, “estoy a favor de tal postura y en contra de la otra”, “ a este amo, al otro odio”… De este modo, la mente traza constantemente diferencias entre el yo personal y los demás yoes, entre uno mismo y la Naturaleza. Y con ello, nuestra mente toma constantemente partido, se ata a lo fenoménico, a la dualidad.

La iluminación por el zen

     Con el fin de poder alcanzar la Iluminación o el Despertar, el zen ha desarrollado a través de los siglos una metodología –tal vez sería mas correcto decir una no-metodología-, basada en la indagación de la propia naturaleza y el silenciamiento de los pensamientos a través de la meditación.

     Según el zen, no hay meta por la que esforzarse, ni ningún lugar por alcanzar, puesto que la meta ya está alcanzada y de lo que se trata es de tomar conciencia de la meta a través de la observación del propio interior.

     Se trata, en definitiva, de experimentar aquí y ahora el “Hombre real”.

     Ahora bien, según el zen, lo que impide alcanzar tal experimentación, es decir, lo que impide alcanzar la iluminación inmediata, es nuestra falta de fe en la capacidad de hacerlo y una errónea preocupación por los aspectos externos de la religión.

     Desde tales presupuestos, es lógico que el zen  tenga  en poca estima las prédicas y los pronunciamientos y postule que el camino de la iluminación tiene dos accesos:

     -La práctica emocional e intelectual que se cultiva en la vida diaria

     -La  meditación.

      El acceso por la “práctica” comprende:

      -Saber responder a la adversidad.

      -Aceptar las condiciones.

      -No tener nada por deseable.

      -Estar en armonía perfecta con el Dharma.

    Saber responder a la adversidad implica la comprensión de que las circunstancias actuales  son el resultado de las acciones buenas o malas llevadas a cabo no solo en esta existencia sino en existencias pasadas.

     Aceptar las condiciones implica acoger las penas y los placeres de idéntico modo.

     No tener nada por deseable implica aquietar la mente sin preocuparse por el cuerpo y convencerse de la vacuidad de toda existencia, por tanto, no esperar nada y en nada regocijarse.

En perfecta armonía con el Dharma

     Estar en armonía perfecta con el Dharma implica un estado de perfecta armonía con lo espiritual. Es entonces cuando el practicante zen, habiendo eliminado en él toda impureza, sin preocuparse de las apariencias  y libre de todo apego, sirve de guía y ayuda a los demás.

     El zen no se opone al estudio de las enseñanzas budistas que se encuentran en las escrituras, pero considera que la Gran vía es cultivar la percepción de la verdadera naturaleza. Al respecto, no dejamos de sorprendernos al ver como, en la gran mayoría de las narraciones zen, los monjes no alcanzan el Despertar progresivamente a través del estudio, sino de golpe, instantáneamente, al escuchar el canto de un pájaro, al comprender un koans, al escuchar un grito del maestro o recibir un golpe en la cabeza. Pues no se trata de almacenar conocimientos, sino de “vaciarse”, de dejar la mente libre. De hecho, el término zen -chan en chino-, puede traducirse por “Verdadero y profundo silencio” y también como “Retorno al espíritu original y puro del ser humano”.

     El acceso por medio de la práctica emocional e intelectual que se cultiva en la vida diaria, implica así la aceptación paciente de nuestro destino kármico, soportar con paciencia y sin resentimiento lo que la vida nos depara, y también  ver en cada acto cotidiano un medio de aprendizaje.

La conciencia del ahora

     “Andar es zen.

Sentarse es zen.

Tanto si hablo como si callo,

en paz o bajo la amenaza del sable,

en el eterno Atma

todo es inmutable.”

     Así lo expresa el maestro Shodoka en “El canto del inmediato Satori”.

     El zen es por ello un vivir en la conciencia del ahora, del instante presente, pues en el instante se despliega el Átma, el verdadero ser espiritual.

     Por su parte,  el segundo acceso, el acceso por el “Principio” o meditación, es comprender que no hay diferencia entre  uno mismo y los demás, es por tanto la vía de la Unidad.

     La meditación sentada, es una de las prácticas más importantes del zen, y el objetivo de la meditación es alcanzar la libertad, liberar todo el potencial oculto de la mente.

     El maestro chino Ying-an, dijo:

     “El zen vivo es el atajo mas directo para alcanzar la iluminación sin realizar esfuerzo alguno dondequiera que te encuentres

     No se trata de una libertad teórica, sino de una libertad inmersa en el mundo, y que puede ser llevada a cabo de forma natural en medio de nuestras actividades y ocupaciones cotidianas. Pero para experimentar el zen en la vida cotidiana es preciso des-identificarse de los pensamientos y sentimientos y utilizar inteligentemente la capacidad perceptiva.

La búsqueda del zen

     En realidad, según señalan los maestros, para obtener la compresión esencial del zen, lo primero que hay que hacer es dejar de buscarla, pues cualquier logro alcanzado mediante el esfuerzo es un logro del intelecto.

     Tal vez sería más exacto precisar que hay que dejar de buscar fuera de uno mismo, pues como dice  el maestro Linji:

     “La luz pura de cualquier momento de conciencia es la esencia misma del Buda que mora en tu interior

     Una de los métodos  más significativos  y curiosos desarrollados por el zen, es el Koan. Se trata de un ejercicio mental que tiene como objetivo arrojar al discípulo fuera del funcionamiento mental ordinario y familiarizarle con otra aproximación a la realidad. En lugar del razonamiento lógico, el koan utiliza la gratuidad, la incongruencia, lo absurdo, todo aquello que nos desestabiliza y nos obliga a pasar del razonamiento lógico y racional, al pensamiento del corazón. El Koan obliga a no fiarse de la lógica ni de la razón y busca que el discípulo suelte su mente de su dependencia del lenguaje y de la comprensión intelectual y capte la realidad a través de la intuición.

     No es por ello extraño encontrar en la descripción de los métodos de enseñanza zen, intercambios verbales paradójicos y aparentemente irracionales e incluso gritos y golpes.

El Hombre Real

     En la recopilación de Dichos del Maestro zen Lin-Chi, encontramos este fragmento que ejemplifica lo dicho:

     “El Maestro subió al púlpito y dijo: “En esta masa de carne roja, existe un Hombre Real sin situación. Sin cesar entra y sale por las puertas de vuestro rostro. Si alguien de vosotros no lo sabe, ¡Mirad! ¡Mirad!”

En ese momento, un monje avanzó y preguntó: “¿Qué aspecto tiene el Hombre sin situación?”

     El Maestro descendió de su asiento, cogió al monje y dijo: “¡Habla! ¡Habla!”

      Visto desde una perspectiva puramente exterior, los actos narrados se perciben como una sarta de incongruencias y desvaríos. Y, sin embargo, el contenido espiritual del texto, no puede ser más directo y profundo.

     Cuando el Mestro señala que “en esta masa de carne roja, existe un Hombre Real sin situación”, está mostrando a los discípulos que bajo el manto de la carne late el Hombre Inmortal, el Iluminado. El entra y sale sin cesar del hombre carnal a través de los órganos de los sentidos: vista oído, olor, gusto, tacto, intelecto…, es decir, percibe y puede ser percibido, pues está siempre presente, pero el hombre natural no es consciente del mismo. Por eso cuando uno de los monjes pregunta “¿Qué aspecto tiene el Hombre Real sin situación?”, el Maestro coge al monje, lo zarandea y exclama: “¡Habla! ¡Habla!”. Con tal expresión trata de hacer comprender al discípulo que él mismo es el Hombre Real, y que tiene que  hablar, esto es, manifestarse.

     Entre los procedimientos que según el zen, permiten alcanzar el despertar, se encuentran el arte en sus diversas manifestaciones: Pintura, el arte del té, las composiciones florales, los jardines de piedra, la poesía (haikú), los cuentos, etc. Todos ellos ofrecen la ocasión de experimentar el Satori, el Despertar, sin embargo pierden valor cuando se toman como fines en si mismos.

¿Ha existido el arte zen?

     Si ahora nos centramos en el arte zen, y, más concretamente en la pintura, cabe plantearse la pregunta: ¿ha existido en realidad  el arte zen?

      Ciertamente hemos de aclarar que no ha existido ningún estilo o escuela artística que podamos denominar zen.  Mas acertado sería decir que han existido una serie de artistas practicantes de la filosofía zen y que a través de cierta forma de entender y practicar el arte, han hecho del mismo una prolongación de su búsqueda espiritual.

     Lo que denominamos arte zen, ha de verse por ello, no tanto como una obra artistica -que en muchos casos lo es-, sino ante todo como la expresión trascendente de lo cotidiano. Por ello el zen, al contrario que el arte occidental de las mismas épocas, se preocupa poco  por la destreza técnica y mucho por establecer un contacto, una comunión con el Espíritu Universal que impregna y late en toda manifestación de vida.

Zen Tao

     En fusión con la Realidad, con el Tao, el artista participa de la fuerza generadora que da vida a todo lo manifestado, pues en tal estado, el artista no es un yo aislado, sino expresión de la Realidad trascendente.

     Bajo tales  postulados, podemos comprender que la  práctica del  arte zen, sea uno de los medios a través del cual el artista puede alcanzar la fusión con la Naturaleza, esto es, con el Todo.

     Sin embargo, el pintor zen no es un buscador, pues comprende que no tiene nada que buscar; su conciencia no se fija en ningún objetivo y, paradójicamente, por ello, alcanza el Objetivo: la integración en la continuidad cósmica.

     Un texto zen, dice:

     “Solo cuando tienes montañas en los ojos puedes pintar árboles, solo cuando tienes agua en la mente puedes pintar montañas

El pensamiento zen

     En el pensamiento zen, el agua no es distinta de la montaña, ni la montaña distinta de los árboles o de los ojos. Y las imágenes trazadas por el pincel, se convierten en un medio para penetrar en lo mas hondo de nuestra conciencia.

     El artista no solo pinta, sino que se adentra en el silencio primordial, en el vacío, donde las imágenes no enturbian la mirada. El artista zen borra, limpia de su memoria todo vestigio de accidentalidad, con el fin de recobrar la primitiva armonía. Por eso, la dificultad  mayor del pintor zen es vaciar su propia conciencia, aprender a eliminar cualquier indicio de deseo.

     Al igual que en el Koan, la función de la pintura zen es provocar un choque que posibilite la aparición de un estado súbito de conciencia (Satori). En el Koan, como hemos señalado, esto se produce a través de la paradoja, de lo irracional, en la pintura zen, a través del vacío.

     La relación vacío-lleno (Ying-Yang) está presente en los propios elementos formales con los que trabaja el pintor y, mas concretamente en la pincelada. La pincelada, base del principio dinámico de la obra, establece las relaciones que demarcan el espacio y sus relaciones formales entre vacío y lleno. Una pincelada densa demarca un espacio, activa por tanto el concepto “lleno”, mientras que otra diluida y muy transparente constituye un acercamiento hacia el vacío.

La búsqueda del vacío

     En su búsqueda del vacío, la pintura zen ha derivado hacia obras en la que los elementos formales se han reducido a la mínima expresión.

     Por otra parte, la pintura zen se ejecuta de forma directa y espontánea, sin posibilidad de retoque. Esta forma de enfrentarse a la obra, exige un dominio perfecto de la técnica, pero ante todo, un conocimiento profundo de lo que se va a pintar, tanto en su conjunto como en cada detalle. Vemos por ello que en las primeras etapas del arte zen, el pintor debe alcanzar el dominio de las diferentes herramientas que tiene a su disposición. Cada tipo de pincelada tiene su nombre y sus características peculiares. Frotar, presionar, diluir, arrastre, golpe de pincel suelto, etc, se constituyen así en la base de la propia pulsión interior del artista.

     Pero es evidente, que la técnica, no es sino el medio para alcanzar el objetivo del arte zen. El pintor, en una segunda fase, deberá estudiar minuciosamente la naturaleza y meditar sobre ello, hasta que la naturaleza le penetre y el pintor pueda llevar a cabo el primer trazo de su obra.

     El  maestro Su Dongpo lo expresa del siguiente modo:

     “Antes de pintar el bambú tiene que crecer dentro de uno.

Entonces el pincel en la mano, la mirada concentrada,

La visión aparece de pronto ante los ojos.

¡Atrapémosla! Cuanto antes con nuestras pinceladas,

porque  puede desaparecer tan súbita como la liebre ante el cazador!”

Alcanzar el Satori

     El artista zen, por tanto, pinta para alcanzar el Satori y el acto mismo de pintar es satori, pues permite captar el aliento rítmico que anima a los seres vivos.

     Por ello el artista zen no trata de imitar a la naturaleza, sino de revivificar el principio mismo que late en la Creación Universal. La pincelada única e irrepetible solo se consigue a través de la absoluta vacuidad. Pero cabe aclarar que tal vacuidad no es en absoluto un abandono al subconsciente, un mero automatismo, como proclamó, por ejemplo, el surrealismo. La vacuidad zen exige una sólida disciplina y un claro esfuerzo de la voluntad.

     Antes de la primera pincelada solo existe el vacío informe. A través del gesto creador del artista, la Unidad se vuelve multiplicidad, y el pintor se identifica con todo lo creado. Así, la pintura zen, pasa de ser un fin estético a convertirse en un vehículo de conocimiento, en donde la obra final es un espejo en la que puede contemplarse el desarrollo espiritual alcanzado por el artista.

      No obstante,  si bien el arte zen  se concibe antes que nada como un ejercicio espiritual, “un espejo que refleja la imagen mental de su creador”, podemos con todo establecer los caracteres comunes que lo animan. Tales caracteres o características propias, según el maestro Hisamatu Shinn,ichi, serían:

      1-La asimetría

      2-La simplicidad

      3-La austeridad

      4-Lo natural

      5-La sutilidad

      6-La libertad absoluta

      7-La serenidad.

      A estas siete características que definen el arte zen podríamos añadir aún:

      8-El rechazo de todo intelectualismo y moralismo

      9-El sentido de la contradicción

      10-El humor.

       El humor impregna hasta  tal punto  al zen que los propios maestros aconsejan reírse del zen.

    Quiero por ello finalizar  este análisis pidiéndoles encarecidamente que ejerciten lo dicho por los maestros zen y  dejen resonar sus sonoras carcajadas.


LA VIVENCIA INTUITIVA DEL ZEN A TRAVÉS EL ARTE

Texto introductorio para la exposición “Zen en el arte”

     Cabe señalar de entrada que al abordar el tema “zen en el arte” lo he hecho desde una base puramente subjetiva, es decir, desde mi óptica como artista y el intento de llevar a cabo una serie de fotografías que pretenden participar del espíritu del zen.

     Varios son los interrogantes que he tenido que afrontar a la hora de materializar mi propuesta artística. El primero, que no soy, en el sentido estricto de la palabra, un practicante del zen. Quiero decir con ello que no pertenezco, ni he pertenecido, a ninguna escuela con tal orientación. Aclaro, no obstante, que como alumno de la Rosacruz Áurea sí me considero copartícipe de la más pura esencia del zen, en el sentido de  actitud o modo de vida centrado en el “Otro”, el Ser  interior.

     El segundo interrogante es de índole estético. Una simple ojeada a las obras de los artistas zen mas destacados a lo largo de la historia, muestra con claridad que no se puede hablar de arte zen, en el sentido de escuela o estilo pictórico uniforme. Más exactos resulta decir que ciertos monjes o artistas practicantes del zen  trataron de transmitir a través de sus obras su propia visión y filosofía de la vida. De hecho, si nos tomamos la molestia de comparar las diferentes manifestaciones del arte zen, veremos que desde el punto de vista formal se dan muy pocas similitudes, incluso en las diferentes etapas de un mismo autor.

Los paisajes zen de Sesshu

     Así, por ejemplo, los paisajes de Sesshu (1420-1506) -una de las figuras mas destacadas del arte japonés zen-, en su primera época se nos presentan recargados, perfilados con trazos tensos, duros y, en parte, rozando la abstracción. En sus obras de mayor madurez, por el contrario, (cuando contaba ya con 76 años), nos ofrece una estética, espontánea, depurada y llena de vigor.

paisaje  zen

Sesshu, Paisaje de invierno, 1486
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Sesshu, paisaje pintado en 1495, cuando contaba con 76 años.

La estética zen japonesa

Si comparamos las pinturas de Sesshu, inmersas en la estética del Periodo de Muromachi japonés (1334-1573) -periodo que coincide en el tiempo con el Renacimiento Europeo-, con las obras de otro de los grandes pilares del arte zen, el monje Sengai (1750-1837), llegaremos a la clara conclusión de que, desde el punto de vista estético no pueden ser mas opuestas. Así, frente a las sugerencias espaciales y atmosféricas de Sesshu, nos encontramos con la depuras abstracción conceptual de Sengai.

universo zen
El Universo, pintura del monje Sengai,

Resulta por tanto evidente que no se puede hablar del arte zen como tendencia formal unitaria y que la estética sumie que tanto ha proliferado en Occidente -y que se limita a repetir una y otra vez modelos orientales estereotipados-, no cabe englobarla dentro de la auténtica pintura zen, sino mas bien como antítesis de la misma.

     Dicho esto, aclaro que el segundo interrogante que tuve que abordar desde el momento mismo en que inicie la serie de fotografías zen, fue encontrar una forma estética propia y actual, a través de la que manifestar mi propia visión de la Naturaleza. Si algo tenía claro era que no podía limitarme a seguir los modelos antiguos -y menos aún, los estereotipos del arte seudo-zen-, pues mis condiciones sociales y culturales son muy diferentes a las de los monjes que nos legaron obras tan formidables 

nenufares zen
Jesús Zatón, Jardín de nenúfares con lluvia, 200×100 cm.

La técnica del arte zen

El tercer interrogante es de índole técnico. Tradicionalmente la pintura zen se ha venido realizando con pinceles de pelo de lobo o similares, con tintas negras o de color, sobre papel de arroz o sedas, inscripciones, sellos, etc.

     La mezcla de las tintas y sus degradaciones en tonos, la carga del pincel, la presión del mismo sobre el papel y la forma de la pincelada, son las bases sobre las que se asienta la técnica de la pintura tradicional de Oriente. Sin embargo, mis obras, no iban a ser realizadas con tales medios ni soportes, sino utilizando la tecnología disponible en nuestros días, en concreto, la cámara fotográfica y la posterior manipulación en el ordenador, con programas de retoque fotográfico.

     La pregunta que en esos momento me corría por la cabeza era por ello  muy simple: Si los monjes zen del Periodo de Muromachi japonés, o de periodos posteriores  hubiesen tenido a su disposición una cámara fotográfica o un ordenador, ¿los hubieron utilizado para realizar sus obras?

     Evidentemente, la pregunta es puramente retórica, pero en mi opinión la respuesta sería un  sí claro y rotundo.

jardin zen
Jesús Zatón, Cañas de maíz, 100×100 cm.

      El zen practica la ausencia de dogmas, no trata de imponer visión alguna, ni verdades ofrecidas a priori, sino que conduce a la experimentación personal. Si ello es así, ¿por qué  autoimponerme limitaciones técnicas, cuando la técnica no debería ser sino un medio para alcanzar el fin propuesto?

La esencia del arte zen

     Una vez planteadas estas cuestiones, y mejor o peor resueltas a nivel conceptual, me quedaba por abordar el interrogante principal: ¿cuál es la esencia del zen y cómo trasmitirla a través del arte?.

     Una referencia clarificadora la encontré en un antiguo manual de pintura zen “El jardín de la semilla de mostaza”, del maestro Lu Ch’ai, en donde aparece la siguiente frase:

     “ Aquel que está aprendiendo a pintar, debe primero aquietar su corazón, así logrará esclarecer su entendimiento y aumentar su conciencia

     El precepto se ajustaba perfectamente a la experiencia de vida práctica que propone la Rosacruz Áurea. Para la Rosacruz, el corazón, no solo es la sede de los más puros sentimientos, sino el punto nuclear de contacto con el Ser interior. El problema, como hombres occidentales, es que, por lo general, nuestros corazones están repletos de deseos egocéntricos, y nuestras aspiraciones se deslizan constantemente hacia la posesión de bienes  materiales y la satisfacción inmediata de cuanto deseamos . Y así, nuestras emociones y sentimientos fluctúan constantemente de la gratificación a la indiferencia, del amor al odio.

 Ying Yang   zen en el arte
Jesús Zatón, Ying-Yang, 70x70cm.

     Pero el zen propone “aquietar el corazón” como base para el aprendizaje de la pintura. Y aquietar el corazón implica liberarse de la dualidad, de los opuestos, del bien y del mal de este mundo. Es mi opinión que ello solo puede ser llevado a cabo despertando primero y unificándonos después con lo que de divino poseemos como seres humanos; despertando y unificándonos con el Ser Interior latente que nos habita.

     ¿Cómo aquietar sino  el corazón?, ¿cómo alcanzar el silencio?

Meditación zen

     Es cierto que a lo largo de la historia se nos han propuesto numerosos ejercicios y prácticas para intentar alcanzar tal estado, pero la cruda realidad es que, como seres humanos nos es totalmente imposible, a no ser que lo divino en nosotros, lo que no participa de los deseos y del ajetreo mundano, sea vivificado.

     No quiero decir con ello que prácticas tales como la meditación no contribuyan a alcanzar tal estado de conciencia, en absoluto. Me limito a señalar que cualquier ejercicio o práctica, del tipo que sea, incluida la meditación, solo son medios para alcanzar el fin, y que si el Ser interior no es despertado, el corazón seguirá aspirando a lo que le es propio y consustancial: las cosas de este mundo.

Importancia de la práctica

     En la misma obra del maestro Lu Ch’ai, pude encontrar otras claves transmitidas en el pasado para los aprendices de la pintura zen, pero que las encontré totalmente vigentes y aprovechables para el desarrollo de mi obra. Así, el maestro japonés señala la importancia de la repetición, de modo que a través de la práctica, la pincelada surja espontáneamente, sin necesidad de pensar. No se trata, evidentemente, de establecer modelos basados en la copia mil veces repetidas, sino en liberar la mente de ansiedades y pretensiones vanas; de detener el flujo de pensamientos incontrolados que nos asolan constantemente. Así, a través del dominio de la técnica, puede hacer acto de presencia la fluidez y la expresión natural.

     En realidad, este principio es básico no solo en el arte zen, sino en cualquier arte que pretenda manifestarse sin trabas ni condicionantes. En este sentido el artista debe estar por encima de la técnica, debe dominarla, antes de que la pintura pueda manifestarse como  una prolongación  natural de su conciencia.

La pintura zen

     Antes que el artista pueda sentir la pintura como una manifestación natural de su conciencia, no solo debe – por la repetición y la práctica- tener tal dominio de la técnica que pueda dejarla de lado durante el acto creativo, sino que es preciso que sea capaz de forjarse una idea global y lo más precisa posible de lo que desea pintar, de manera que las dudas y los miedos no impidan la armonía entre la mano, la mente y el alma.

     Desde esta perspectiva, el artista zen debe observar con atención las profundas relaciones que existen entre el ser humano, la Naturaleza y la  Realidad Superior. Al respecto  se habla con frecuencia en el zen de identificación con la Naturaleza.

     “Antes de pintar un Bambú tiene que crecer dentro de uno”, nos dice otro gran maestro del zen, el maestro Su. Dongpo.

     Ciertamente, el ser humano solo puede  percibir la parte de Realidad que  interiormente ya posee. De igual modo que no es posible alcanzar la iluminación, si esta no estuviera ya presente en nuestro interior, tampoco el pintor puede pintar la naturaleza, en sus diferentes formas y manifestaciones, sino formara parte de ella, si no fuera uno con ella.

Ciertamente, el ser humano solo puede  percibir la parte de Realidad que  interiormente ya posee. De igual modo que no es posible alcanzar la iluminación, si esta no estuviera ya presente en nuestro interior, tampoco el pintor puede pintar la naturaleza, en sus diferentes formas y manifestaciones, sino formara parte de ella, si no fuera uno con ella.

La percepción creadora

     Una cuestión de suma importancia para el artista zen es percatarse de que su mirada, su percepción, es creadora, en el sentido de que crea la realidad que es capaz de percibir. El problema, no obstante, es que nuestra percepción, nuestra mirada, no está asentada en la Unidad, sino en lo fragmentario, en lo dual. Por ello el Bambú tiene que crecer dentro de uno mismo antes de poder pintarlo. Pero, para que el bambú  pueda crecer en nuestro interior, es preciso que se produzca la fusión entre lo contemplado y quien contempla, entre el hombre y la Naturaleza. Y, como ya he señalado, soy de la opinión de que ello solo es posible cuando lo que no es dual ni fragmentario se manifiesta en el ser humano, en otras palabras, cuando el alma nueva, el vehículo de cohesión entre la conciencia natural y la conciencia divina, puede manifestarse.

     Podemos entendemos entonces que con la acción de pintar, el artista zen no pretende representar la Naturaleza, sino despertar en su interior la energía interna que es una con el Todo y que, a falta de otros términos, hemos denominado alma nueva.

cuadro zen Jesús Zatón
Jesús Zatón, Jardín con nenúfares, 200×100 cm.

     El término alma nueva implica muchos aspectos y presenta numerosas cualidades, pero en esencia, podemos decir que tal alma se forma en el ser humano si este logra atraer y trabajar con la Sustancia Original que da forma al Universo, con la “Mater”. El artista zen debe sentirse un órgano del gran cuerpo que el la Madre Tierra y en esta unidad, percibir la fusión con lo supraterrestre, con las parcelas de su ser que trascienden lo puramente material.

Una vivencia intuitiva del arte

     Se trata por tanto de una vivencia  intuitiva en la que a través del silenciamiento de la mente, cada gesto, cada pincelada, constituye una cadencia, un ritmo que se acopla armoniosamente al latir del Todo.

     Resulta claro, por otra parte, que el crecimiento del bambú dentro del pintor presenta diferentes estadios y niveles, sin embargo, ya desde el nivel más inferior, el artista zen se ve a si mismo no como un ente aislado sino como una criatura integrada en un cuerpo cósmico del que se nutre, en el que evoluciona y, al tiempo, ayuda a evolucionar.

     Evidentemente, el nivel superior se alcanza cuando la conciencia del artista se funde con la del Ser divino interior y ya no es él, sino el Otro en él.

     Abarcar tales vivencias implica, claro está, una disposición muy particular, pues se precisa no solo sensibilidad sino muy en particular flexibilidad mental e intuición.

Pienso zen

     Inspiración e intuición o, si lo prefieren, intuición e inspiración, deben aparecer íntimamente relacionados. Dado que el artista zen raramente realiza bocetos ni estudios previos, y dado que tampoco acostumbra a pintar del natural, su obra es antes que nada una recreación llevada a cabo en el taller, tras una profunda observación del modelo.

     El artista zen no busca por ello captar el instante, reflejar el momento  único y pasajero en el que ciertas características atmosféricas y ambientales se manifiestan en la naturaleza. No busca lo pasajero ni lo efímero, sino que trata de penetrar en la esencia misma de la naturaleza y reflejar aquellos valores que trascienden lo temporal.

     Desde este punto de vista, podría decirse que la pintura zen es la antítesis de la pintura impresionista. De todos son conocidas las numerosas variaciones sobre un mismo tema a diferentes horas del día y en diferentes estaciones del año de pintores como Monet y su afán en plasmar en el lienzo la impresión del instante, la luz y climatología de un momento concreto e identificable.

     Pero el artista zen no tiene el menor interés en la captación de lo efímero, pues él pretende adentrarse en lo atemporal, despertar los valores que le permitan alcanzar la Unidad con el Todo.

Búsqueda de lo atemporal

     Por supuesto, esta búsqueda de lo atemporal no implica que el artista zen, como ocurre frecuentemente en los haikus(poesía zen), no sea capaz de reflejar “el instante”, o mejor “el ahora”, pues ciertamente, este ahora es la realidad del presente, de hecho, la única realidad en el momento de dar forma a su obra. Por tanto, en su vivencia de integración con la Naturaleza, responde  mentalmente -cómo no- a las múltiples transformaciones por las que la naturaleza pasa. Sí, el artista zen ruge con la tempestad, se inflama con el viento, hace coro con los trinos de las aves y el siseo de las libélulas, se siente renacido con cada nuevo brote de la flor de almendro y muere con cada hoja seca que cae del árbol. Pero puede participar de todas estas vivencias y participar del misterio que le rodea, precisamente, porque en su interior ha encontrado el centro silencioso, el vacío sagrado desde el que siendo todo, ya nada le afecta.

     Desde este estado de calma y silencio  interior, el artista zen puede afrontar el hecho artístico no solo como un desarrollo puramente estético, sino como una fuente de nuevas percepciones y de verdadero  conocimiento.

Para más información:

libro Zen en el arte
Portada del catálogo de la exposición “Zen en el arte”, de Jesús Zatón y Juan Carlos del Río.

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